Abstract
Como1 escribiera Husserl en una ocasión, poseer espíritu fenomenológico es verse sobrecogido (por el asombro) [être saisi (d'étonnement)] ante lo que no termina de ir de suyo dentro de lo que va de suyo [ce qui ne va pas de soi dans ce qui va de soi]. Dicho de otro modo, se trata, en el ámbito, por ejemplo, del pensar, de no permanecer en coincidencia con lo pensado, o de “estar” en decalage, en desajuste [en écart] en el seno del encabalgamiento [enjambement] que ese desajuste genera, encabalgamiento de un instantáneo2 que supuestamente fija como coincidente lo que va de suyo, fijándolo de una vez por todas. Este encabalgamiento representa, para nosotros, la atestación fenomenológica más inmediata del esquematismo fenomenológico, y ello, precisamente, en la medida en que es “ciego”, en que ya siempre se ha “producido” y habrá de “producirse” siempre aún: nada recuerda y nada anticipa, pero sí es portador de reflexividad (que no de reflexión). Que de ello tengamos conciencia, aunque sea de forma oscura, atestigua que sólo podemos permitirnos hablar de algo así como “el esquematismo ‘mismo’” al amparo de lo que constituiría, en definitiva, un cierto abuso de lenguaje. Efectivamente, el esquematismo es aquello en lo que se fenomenalizan los fenómenos, aquello que los “figura” de modo irremediablemente inestable al tiempo que “él mismo” permanece, como tal, infigurable. Permanece en su infigurablidad por ser estructuración en movimiento o en tránsito indefinido, en perpetuas metamorfosis, cambiantes sin cesar.

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