Abstract
Del famosísimo texto que, en 1915, Freud dedica al análisis de aquel que se convertiría en el no menos famoso “hombre de los lobos” (texto en el cual lo que está en juego, y de un modo absolutamente crucial como se sabe, es el estatuto de la “escena originaria”), por el momento retendremos tan sólo el episodio con Gruscha, expuesto al principio del punto VIII. Esta restricción se debe a dos razones. La primera es que este episodio es un condensado (muy notable, por cierto) del género de material que puede presentarse en la cura y, también, del tipo de interpretación psicoanalítica al que puede dar lugar. La segunda es que, en una “nota de trabajo” publicada como apéndice a la última obra de Merleau-Ponty Lo visible y lo invisible2, éste se libra a un comentario, tan rico como extremadamente denso, donde establece una relación, en la que queremos profundizar aquí, susceptible de anudar psicoanálisis y fenomenología. Ciertamente, el psicoanálisis no es del todo el mismo desde tiempos de Freud: desde entonces ha existido, al menos, la obra de Lacan. Pero sucede lo mismo con la fenomenología desde los tiempos de Husserl: han tenido lugar las obras de Heidegger y Merleau-Ponty, y nosotros intentaremos demostrar aquí que sólo una fenomenología transformada puede relacionarse, de manera fecunda, con un psicoanálisis igualmente transformado.

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