Resumen
El problema exotérico, pero no menos
provocador, que plantea la existencia de una
esencia salvaje de los derechos humanos es de
máxima actualidad de cara a dos cuestiones:
1.- La cuestión de la fundamentación
intercultural de los derechos humanos en esta
época postmarxista, en la que el
individualismo burgués campea por sus fueros
negando legitimidad a los derechos sociales y
colectivos. Y 2.- la cuestión de los llamados
derechos de los animales cuya causa ha sido
resucitada en nuestra época por muchos
filósofos, en particular Peter Singer con su
libro Liberación animal, que coloca el ámbito
de aplicación de los derechos humanos en las
fronteras de la especie. Respecto a la primera
cuestión, sabido es que muchas civilizaciones
no conocieron o al menos no reconocieron
ningún código formal, eidético, de derechos a
los seres humanos qua tales, pese a que todas ellas asumieron ciertos límites o interdicciones éticas aplicables en sus sociedades, bajo el nombre de mandamientos explícitos, o de tradiciones ancestrales en las relaciones interpersonales, que suponen la existencia de espacios antropológicos compartidos. Es proverbial en el siglo XX la resistencia que puso China a firmar la ratificación de la Declaración Universal de los derechos humanos de Naciones Unidas, a pesar de que la habían suscrito en 1948 y de formar parte de su Consejo de Seguridad con derecho a veto, alegando en 1993 la tradición confuciana. La segunda cuestión plantea el problema de si sólo el cuerpo humano sensible (el Leib) tiene derechos y por qué no el de los animales. Los animales tienen alma, pero ¿tienen Leib?.
Pues bien, respecto a ambos problemas
la hipotética, y quizá contradictoria, existencia
de una esencia salvaje de los derechos
humanos plantea problemas y conflictos no ya
similares a los de la fundamentación teológica
de los mismos, sino mucho más radicales
filosóficamente, ya que resucita la cuestión de
la legitimidad del relativismo cultural a
resistirse a las imposiciones unilaterales del
dominus en el nivel mismo de la frontera entre
lo humano y lo no-humano en la medida en
que compromete la especificidad del cuerpo
humano. En ambos casos se muestra hasta qué
punto las diferentes ciencias humanas dejan
abiertos gnoseológicamente sus flancos
filosóficos, lo que no deja de tener conexiones
con el hecho de que el argumento de la
superioridad de la civilización occidental sobre
otras culturas o civilizaciones es cada vez más
endeble y con la perenne necesidad de regresar
a una fundamentación fenomenológica de la
antropología, dado que en ambos casos se pone
en entredicho la actitud natural. Ahora bien el recurso a las Wesen salvajes de Merleau Ponty incide directamente en la evolución en que se ve incurso el materialismo filosófico desde el Congreso de Murcia y que en el momento actual recurre a la Estromatología propuesta por Ricardo Sánchez Ortiz de Urbina. Pero una estromatología que sólo sirviera como andamio para observar esencias eidéticas estaría ella misma presa de la egología trascendental cuyos confines pretende dimensionar. Y es que si las esencias no pudieran ser más que eidéticas, entonces todas ellas dependerían del pensamiento constituyente y no habría objeto ni mundo real que descubrir más allá del Cogito. En esta primera parte, a la que seguirán otras dos, elucidamos la cuestión preliminar sobre el sentido de las esencias salvajes en Merleau-Ponty.

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